jueves 4 de agosto de 2011


Hace poco más de un año que regresé de Chile. Estudié un magíster becada por aquél país. Durante algún tiempo mis compañeros manifestaban su sorpresa al conocer a gente extranjera que había sido beneficiada económicamente por una institución nacional para estudiar en su república. Eramos dos, y además mexicanas, que nos llevamos la sorpresa doble con ciertas reacciones ambivalentes de parte de los conocidos (algunos que también habían postulado durante años sin beneficio). No fue hasta que nos adentramos lentamente al sistema Chileno que entendimos (y con creces) su reacción. Aún estudiando en una universidad “pública” (el equivalente a la UNAM en México) el costo de la licenciatura -de la cual egresé-, mensualmente en pesos mexicanos equivalía en aquél entonces aproximadamente a $4,500, por lo que cabría imaginar el costo de las universidades privadas. Me comentaban que muchos estudiantes se endeudaban por años con los bancos y tuve amigos que corroboraban esta situación por experiencia propia. Y para estudiar un magíster la situación no iba mucho mejor.

Como estudiante recién llegada de México y acostumbrada a un sistema extensísimo de becas para posgrados por parte del CONACYT en diversas instancias de educación superior así como de las escuelas “pública” (aunque algunas universidades sean más –públicas- que otras, remarcando otro sistema desigual) me impactó lo que tenía que hacer un joven chileno para costear sus gastos. Todo aquello, junto con la cultura política ciudadana que existe en aquellos lares hizo que me replanteara y me cuestionara los beneficios que obtuve a lo largo de mi vida. No creo en absoluto que el sistema mexicano sea justo en cuanto a los métodos de admisión ni que la currícula en muchas de las facultades esté acorde con las necesidades sociales del país, pero sí valoro y con creces la posibilidad que tuve (y tengo) para acceder a una educación que no se vio limitada por meros asuntos económicos (al menos como persona de “clase media”).

Personal y profesionalmente le debo mucho a Chile, entre las cosas que más me han calado y que a veces me retumba dada cierta pasividad de mi contexto actual y entre los estudiantes con los que trabajo, es aquél ímpetu por transformar y crear. Por exigir. Y encarar. Por creer en su poder como ciudadanía y en la crítica social inculcada desde muy pequeños que les permite reaccionar a su alrededor. Quizá desde adentro no se perciba tanto dada la normalización, pero cuando te encuentras en un ambiente que apenas se da cuenta de su poder ciudadano, aquellas manifestaciones sociales se valoran infinitamente.

Este es un momentos históricos para el Pueblo Chileno que me parece se relaciona con otras manifestaciones alrededor del orbe. Y no con independencia del resultado, me resulta un buen ejemplo para despertar conciencias más allá de sus fronteras. Con toda su complejidad social y política, chile me despertó en cuanto al valor brutal de la educación pública, de la concientización ciudadana y de la unión colectiva como cultura para persistir en las búsquedas.


1 comentarios:

  1. Ra, yo aún recuerdo ese día que conversábamos acá en Santiago y tu estabas impresionada de la cantidad de dinero que pagabamos por estudiar, andar en las autopistas... en fin por vivir en esta sociedad... ahí comprendí que la luna era más grande y que habían cosas que no eran siempre justas... un abrazo grande desde Santiago y buen trabajo!.

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