Atrás. Eramos cinco, seis, siete. Pero sólo tres nos entendíamos al calor de las preguntas. Empatía, complicidad. Nos mirábamos y sonreíamos, como si al tomarnos de la mano, enlazáramos una hermandad peculiar. Como un sueño que se esfumó hasta la próxima cadena de encuentros fortuitos en la vida. Atrás el tiempo. El tiempo que va, cual Chepe, en paisajes agrestes e inmensos.
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