Ignoraba que aquella tuviese un diario. En cierta ocasión, cuando el corazón andaba con la penumbra entre los dientes, me lo enseñó. Pequeñas frases cortadas relativas al sexo, al amor y al crecimiento. Me sorprendió dado que aquella se leía como si tuviese quince años y retuviera toda la curiosidad del mundo impregnada en la memoria. Sonreí levemente, leí. La otra leyó en voz alta y ella, por lo bajo, sólo entreveía la mirada interesada que se posaba en sus líneas, su caligrafía, su ser.
–Escribo, también, mi libro de recetas-
Y así, con el suspiro entrecortado, sus manos me enseñaban toda una vida de amor por el éxtasis manifestado en su observación semiamarga de la cotidianidad. Entre sus cortinas rosa, las frases rebuscadas y el placer de su cuerpo, nos regaló un poco de su sombra y de su pleno, aquella tarde. Momento en que la descubrimos como la niña de quince años curiosa, juguetona y desencantada que siempre ha sido y siempre quiso ser.
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