Tengo una compañera que se tiñe el cabello de un color rojo bien peculiar. Como no sé el nombre del tono o de la marca, me limito a describir que para mí, el color de su cabello refleja su íntima transparencia ante la vida. Me encanta. Pese a que por momentos me parece muy concreta (Quizá debido a que yo me paso buscándole ramificaciones a todo), sé que cuando ríe, ríe de verdad, saliéndole del alma, que cuando está down se le nota en los ojitos y en las ojeras. Creo que muchos la queremos y respetamos por eso. Hartas veces cuestioné su metodología a la hora de entrevistar y de hacer cosas, pero se atrevía y salía de lo básico. Ese atrever es el meollo: la gran diferencia. A ella le comenté de mi no tan lejana obsesión con el té, de mis cuestionamientos nocturnos cuando rebosaba de coraje y de terror por hartas pesadillas, de mis más cercanos dilemas de existencia y de muchas cuestiones de salud que me tienen por ahí dando jaque a los planes y todo lo demás. Siempre que puedo le recuerdo que Armando Manzanero no es chileno y que su relación con su gente más cercana me da esperanza de que todo saldrá bien, algún día.
En cierta ocasión encontré una tarjetita que decía algo así como “Feliz día má”, que según le había dejado su oso repleto de babas que había adoptado como hijo junto a su pareja y que, cuando estaba en el trabajo, cabizbaja y al borde del colapso le hacía sonreír como no más. En cierta forma, por muchas cosas, ha sido una especie de modelo de no perfección que me gusta seguir, a la distancia, cuando todo parece vislumbrarse como un túnel negro, negro, sin salida. Ella, la compañera pelirroja y su maravillosa y fascinante manera de concretar lo inconcretable, es, junto a ciertas personas más mi ejemplo de que los pequeños detalles y la autenticidad ante lo falso a veces, es la única manera de sobrevivir. Quizá peco de fatalista, porque fatalista ha sido mi percepción ante muchas cosas de buenas a primeras últimamente, pero todo me indica, también una manera de ver las cosas: la paradoja de la complejidad cotidiana.
Lo concreto, lo palpable, lo evidente a veces resulta ser lo más increíble, desafiante y la gran diferencia entre todo. Últimamente aprendo esto. Paso a pasito, mientras camino y enfrento, como puedo, a mis melancolías, rabias, alegrías, cosquillas y mentadas, encuentro que rendirse ante la evidencia, a veces resulta tan revelador y tan encantador como teñirse el cabello de rojo intenso y de reír a diestra y siniestra dejando que las ojeras enmarquen la distancia, la vida y las penas en un camino absurdo.

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