viernes 3 de julio de 2009

Lo recuerdo como un asiduo amante de Cortazar. Amigo de otro, nunca cruzamos más palabras que un saludo indirecto y un cortés “hola” tras reconocernos muchos años después. Cuando escucho “Tom Yorke”, lo relaciono puesto que en aquellos años cuasi párvulos era el único fan amante de la música de Radiohead entre mi corto y reducido círculo de conocidos. Nunca lo tuve presente en sí, pero estaba, en cierta parte de mi cabeza repleta de nostalgias y recuerdos ambivalentes. Las palabras “talento” y “espero madures algún día” se las ligo, indirectamente por todo mi historial ligado a nuestro círculo en común que en algún momento creí cercano a mi existencia por lazos de identificación, desarraigo, amistad y ñoñez. Transcurrieron años y en una curiosidad de esas que se te arrancan por instintos extraños, me pregunté qué sería de aquél reducido círculo y poco a poco se fueron reintegrando, algunas personas a mi acervo de información y de contacto. No me hizo feliz, pero sació mi curiosidad. Siempre tuve fe de que algo iba a pasar entre ellos y más allá.

Pero hoy me enteré de algo que me dejó fría, nerviosa: su grave enfermedad. Nunca fuimos amigos y mis escasos lazos ahora ni siquiera puedo asegurar que lo sean conmigo, pero hay cosas tan profundas que no puedo desligar de mi baúl de recuerdos preciados. No me lo imagino decayendo, o dejándose vencer. Tampoco llorando por el poco tiempo que resta, o quizá, lo que más me impacta es la certeza de lo breve, efímero y cruel que resulta la vida. La noticia me vino como balde de agua fría en medio del invierno. Se me congelan las pestañas y mi corazón tiembla ante la posibilidad de la muerte. No por la muerte en sí misma, sino porque todavía lo recuerdo a través de sus lentes, con esa expresión impenetrable y con la inquietud de los idiomas y los cariños y la admiración profunda de quien en aquél entonces era un entrañable amigo mío. Luego otros. Y siento que todo atrás estuvo lleno de vida, y que él, de mi edad y en medio de todo el potencial no debería morir, porque las personas tienen que desarollarse y crecer, o quizá es mi resistencia a aceptar que todo tiene un ciclo y que a todos nos pasa en algún momento, querámoslo o no. Estoy muy triste. Nunca fuimos amigos, pero imagino el dolor de aquellos que lo rodean y la verdad es que me dan unas ganas terribles de llorar. Lo imagino a él y quisiera que todo pasara, que el dolor se fuera y que la vida irrumpiera con más fuerza. Ya no sé. Lo único cierto es que pienso en mi gente, en la suya, en él, en mí, y todo, todo me da mucho miedo ante la posibilidad de perderlo. Y a la vez, darme cuenta de que cada día vivir, es un asunto repleto de fragilidades y asuntos impredecibles que dan vueltas en cada caminar.

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