domingo 21 de junio de 2009

Como un escenario vacío

Balmaceda en Sábado

Anoche, dormí dos minutos mientras esperaba. Cansada y agitada después de un largo y extraño día, decidí sentarme, a lo lejos y solo escuchar, esperar a que se presentara. Llegué medianamente temprano, después de dos micros, dos taxis y una larga caminata tras perderme en pleno centro de Santiago y en sitios poco gratos. Que aquí, que allá y la boba de mí sin haber corroborado el lugar, pero sí haciendo mapas incalculables de rutas de buses al regreso y de otra posible estancia.


Al final, llegué justo y resultó temprano. Muy temprano. El frío se colaba tras la fila, me hizo colocar los guantes, amarrar el paraguas a mi bolso, y colocar el gorrito de estambre en mi cabello húmedo que no seca con el frío invernal. Una pareja, muy agradable me hizo compañía e intercambiamos ligeras impresiones de las pocas personas que se encontraban en el lugar. Llegué a la hora, como dije, e imaginé que sería de las últimas, que ya no habría cupo y que para la próxima tendría que verificar todo de manera obsesiva si es que no quería que pasara lo mismo. Pero no fue así. Tras muchas vueltas y una minicharla con el taxista acerca de mi estancia breve en el país, llegué, bajé y me acurruqué junto a la pareja. Me agradaron harto y no podía dejar de observarles, de escucharles. Me gustó su complicidad, sus sonrisas de amigos infinitos y ese no-se-qué tan peculiar que tienen esas parejitas que sabes tienen posibilidades para mucho tiempo y deseas que sean amigos tuyos toda la vida. Es curioso, pero ese no-se-qué, me ha pasado, en la mayor parte de los casos, aquí en Santiago. En fín, avanzamos después de media hora de esperar. Crucé el largo trecho hasta llegar a un espacio grandísimo en el almacén convertido en centro cultural. Una larga lengua me dio la bienvenida y me dispuse a sentarme en gradas que se hallaban al final de la estancia. Me senté, en una decisión rara dada mi peculiaridad a estar lo más cerca, pero estaba cansada, muy cansada. Subí hasta la última y a mi lado, se acomodaron un chico y una chica que, también, acudieron en solitario.


Pasó el tiempo, dormí por dos, tres minutos tras una larga espera. La Mena nunca llegó dado que se accidentó. Y eso me permitió soñar, rápidamente, en una vida feliz y obtusa. Dormí, desperté y observé los peculiares hilos de humo tras el cigarro del vecino. Me dieron hartas ganas de fumar, y si no fuese por mis pulmones endebles, seguro lo haría con este frío maldito que te permite hacer todo tipo de cosas para calentarte las memorias y el cuerpo.


Desperté formalmente, y tras unos breves destellos en las mariposas del escenario, empezó el evento. Ninguno de los tres cantamos; únicamente sonreímos y marcamos el ritmo con las piernas. Veíamos las camaritas de los que decidieron postrarse ante el escenario y aplaudíamos ocasionalmente.


Tenía guantes, había frío y por primera vez, me sentí en casa, al menos en cuanto a eso de los ambientes, del público y qué se yo. Medité hartas cosas. Por momentos una especie de paz interior reflejó mi cuerpo, y pensé en todo lo bueno que me ha sucedido, en las experiencias, en las intensidades y eso... Recordé, cuando A. y D., amigos que viven en el DF, me llamaron desde algún concierto, ambos por separado, y en canciones distintas, para hacerme escuchar el ambiente cuando estaba, tan lejos, en Mérida y moría de ganas de ir. En aquél instante, en mi flashback, recordé a otra(s) -sí, a tí en particular- que valoro mucho, y quise hacerlo: llamar, justo en aquél instante, lugar, concierto. Y sonreí, meditando que en algún instante lo hubiese hecho, si tan solo contara con celular y valor espontáneo para compartir el amor por el arte y nuestra música. ¿Hay algo más que una complicidad incondicional?. Valor, puto valor y un maldito orgullo que no cesa de repetirse a sí mismo.


Al final, todo terminó, pero aún sigo plantándome dudas irremediables en cada paso, nota y resplandor ajeno que me recuerda a todas aquellas personas que comparten y han estado conmigo en situaciones de todo tipo. Esas cómplices de vida que, en cierta forma, quisiera estuviesen aquí, allá, riéndose del ruído o las canciones indescifrables mientras pienso en ellas y en lo mucho que la vida nos ha regalado juntas. Todo como un pretexto.


Porque fuera de eso, del estar, y del compartir, sinceramente, mucho me sabe como un escenario vacío.



0 comentarios:

Publicar un comentario en la entrada